martes, 19 de abril de 2016

Retrato de frontera




Cuando las aguas fueron cambiadas


Sobre la desolada ruta 21 hacia Bolivia, la noche nos agarró desprevenidos y nuestros pasos nos llevaron a un pequeño pueblo perdido entre volcanes. 
Los carteles indicaban que San Pedro estaba a dos kilómetros. Avanzando por un camino de tierra vimos, a nuestra izquierda, un rectángulo gigante con edificios que se fundían en la vaga luz. ¿Es un cementerio? Seguimos adelante a paso rápido, para combatir el frío que cada vez se hacía más presente, hasta que entramos en el poblado. Si, era un cementerio. 
Una vieja estación de tren se erguía solitaria, con cierta sordidez interrogante… cruzamos las vías mientras las preguntas tomaban forma alrededor nuestro. ¿Pasaría algún tren? ¿Existía vida en aquel pueblo? ¿Dónde estaban las personas? 
Había una sola construcción con la luz centellando a través de sus ventanas… el resto, silencio.
Tocamos la puerta y salió una mujer, le explicamos que buscábamos un plato de comida y un refugio para la noche. Ya no queda nada, dijo; pero ante nuestra insistencia rebuscó en la cocina y nos anunció que algo podría preparar. Advirtió, también, que debíamos preguntarle al dueño acerca de la posibilidad de pasar la noche allí; pero él llega recién a las once, comentó. 
Agradecidos ante la idea de comer algo caliente y poder escapar un poco del frío que, para ese momento, ya comenzaba a picar en las manos, nos refugiamos en aquel comedor. No éramos los únicos: había otros hombres, parecían trabajadores y después supimos que eran mineros confinados en aquel pedacito de mundo. Cenamos. Esperamos pacientemente bajo la música de un televisor sonando, a todo volumen, las dramáticas canciones de una telenovela chilena: “sortilegio”, acompañados por un termo de agua caliente para preparar té o café, que presenciaba nuestras conversaciones sobre el viaje. 
Finalmente llegó el dueño del lugar. Nos sorprendió, pues tenía una sonrisa reconfortante y pronto le contamos nuestra historia. El entendimiento se hizo presente, más rápido que el viento, en ese lugar inesperado… sin darnos cuenta, el libro puente ya estaba desplegado sobre la mesa y, nuestro amigo y las cocineras de aquel lugar se amontonaron sobre el, disfrutando cada una de sus paginas. Todo el frío que se acumulaba fuera parecía haberse disipado en aquel pequeño encuentro. Y, como sucede en cualquier intercambio, luego nosotros escuchamos la historia de ellos: 
El hombre nos relató cómo fue que un pueblo floreciente y próspero había pasado a ser poco mas que un páramo. En años pasados, San Pedro crecía a los márgenes de un río de montaña, que permitía el desarrollo de pequeños pastores y agricultores. Era un pueblo pequeño, pero lleno de vida. Con su escuela, la Iglesia, y una plaza rebosante de niños, los días pasaban apacibles por entre la belleza de aquel paisaje. Por esas cosas que a algunos les compromete una firma y les ofrece algunas tantas ganancias, a la gente de San Pedro les costó todo su pueblo. Grandes tuberías abrazaron las aguas del río, que no vieron más la luz. Los vecinos de San Pedro buscaron posibilidades en la ciudad cercana y debieron partir contra sus propias fuerzas. Este hombre conservaba una melancolía que iba condensando sus palabras, ya que él hablaba por muchos y era el único que mantenía una luz encendida en las oscuras noches del pueblo, que apenas se mantenía en pie. Esto lo hacia gracias a que había convertido su antiguo hogar en un comedor para los trabajadores de la mina. Iba y venia a diario para traer a las cocineras, que también venían de Calama. 


Nuestro generoso amigo nos dio su bendición y nos despidió con una sonrisa serena y agradecida; era el momento de volver para Calama, donde lo esperaba su familia. “Vuelvan pronto”, soltó antes de perderse en la oscuridad. Nos habíamos encontrado con otro de los tantos héroes anónimos del camino.
Despertamos muy temprano, antes de que llegaran los primeros trabajadores a desayunar. Llamamos a las cocineras para saludarlas, y apareció una con varios panes bajo su delantal.  Nos despedimos en la puerta y, al dar vuelta la vista, encontramos otro San Pedro… todo estaba distinto con la luz nueva y blanquecina del amanecer. 


Volvimos a cruzar las vías de tren pero algo nos llamaba a nuestra derecha: pudimos contemplar la ausencia como algo palpable en una plaza completamente inmóvil, oxidada y muda que sobrevivía en aquel desierto amaneciendo.



 ¿Qué política o ley económica podría devolver a los niños a aquella plaza?

El libro puente es una idea que solo puede tomar forma gracias a los niños: son ellos los protagonistas, los actores, los artistas. A través de los distintos libros que fueron tomando vida hemos comprobado que los niños en seguida recrean allí su propio lenguaje, un lenguaje fresco, vital, que se mantiene allí en un estado puro, paralelo al mundo adulto. El libro puente busca retratar ese universo… pero aquí, también ha sentido la necesidad de ilustrar su ausencia.