Sobre
la desolada ruta 21 hacia Bolivia, la noche nos agarró desprevenidos y
nuestros pasos nos llevaron a un pequeño pueblo perdido entre volcanes.
Los
carteles indicaban que San Pedro estaba a dos kilómetros. Avanzando por
un camino de tierra vimos, a nuestra izquierda, un rectángulo gigante
con edificios que se fundían en la vaga luz. ¿Es un cementerio? Seguimos
adelante a paso rápido, para combatir el frío que cada vez se hacía más
presente, hasta que entramos en el poblado. Si, era un cementerio.
Una
vieja estación de tren se erguía solitaria, con cierta sordidez
interrogante… cruzamos las vías mientras las preguntas tomaban forma
alrededor nuestro. ¿Pasaría algún tren? ¿Existía vida en aquel pueblo?
¿Dónde estaban las personas?
Había una sola construcción con la luz centellando a través de sus ventanas… el resto, silencio.
Tocamos
la puerta y salió una mujer, le explicamos que buscábamos un plato de
comida y un refugio para la noche. Ya no queda nada, dijo; pero ante
nuestra insistencia rebuscó en la cocina y nos anunció que algo podría
preparar. Advirtió, también, que debíamos preguntarle al dueño acerca de
la posibilidad de pasar la noche allí; pero él llega recién a las once,
comentó.
Agradecidos
ante la idea de comer algo caliente y poder escapar un poco del frío
que, para ese momento, ya comenzaba a picar en las manos, nos refugiamos
en aquel comedor. No éramos los únicos: había otros hombres, parecían
trabajadores y después supimos que eran mineros confinados en aquel
pedacito de mundo. Cenamos. Esperamos pacientemente bajo la música de un
televisor sonando, a todo volumen, las dramáticas canciones de una
telenovela chilena: “sortilegio”, acompañados por un termo de agua
caliente para preparar té o café, que presenciaba nuestras
conversaciones sobre el viaje.
Finalmente
llegó el dueño del lugar. Nos sorprendió, pues tenía una sonrisa
reconfortante y pronto le contamos nuestra historia. El entendimiento se
hizo presente, más rápido que el viento, en ese lugar inesperado… sin
darnos cuenta, el libro puente ya estaba desplegado sobre la mesa y,
nuestro amigo y las cocineras de aquel lugar se amontonaron sobre el,
disfrutando cada una de sus paginas. Todo el frío que se acumulaba fuera
parecía haberse disipado en aquel pequeño encuentro. Y, como sucede en
cualquier intercambio, luego nosotros escuchamos la historia de ellos:
El
hombre nos relató cómo fue que un pueblo floreciente y próspero había
pasado a ser poco mas que un páramo. En años pasados, San Pedro crecía a
los márgenes de un río de montaña, que permitía el desarrollo de
pequeños pastores y agricultores. Era un pueblo pequeño, pero lleno de
vida. Con su escuela, la Iglesia, y una plaza rebosante de niños, los
días pasaban apacibles por entre la belleza de aquel paisaje. Por esas
cosas que a algunos les compromete una firma y les ofrece algunas tantas
ganancias, a la gente de San Pedro les costó todo su pueblo. Grandes
tuberías abrazaron las aguas del río, que no vieron más la luz. Los
vecinos de San Pedro buscaron posibilidades en la ciudad cercana y
debieron partir contra sus propias fuerzas. Este hombre conservaba una
melancolía que iba condensando sus palabras, ya que él hablaba por
muchos y era el único que mantenía una luz encendida en las oscuras
noches del pueblo, que apenas se mantenía en pie. Esto lo hacia gracias a
que había convertido su antiguo hogar en un comedor para los
trabajadores de la mina. Iba y venia a diario para traer a las
cocineras, que también venían de Calama.
Nuestro
generoso amigo nos dio su bendición y nos despidió con una sonrisa
serena y agradecida; era el momento de volver para Calama, donde lo
esperaba su familia. “Vuelvan pronto”, soltó antes de perderse en la
oscuridad. Nos habíamos encontrado con otro de los tantos héroes anónimos del camino.
Despertamos
muy temprano, antes de que llegaran los primeros trabajadores a
desayunar. Llamamos a las cocineras para saludarlas, y apareció una con
varios panes bajo su delantal. Nos despedimos en la puerta y, al dar
vuelta la vista, encontramos otro San Pedro… todo estaba distinto con la
luz nueva y blanquecina del amanecer.
Volvimos a cruzar las vías de
tren pero algo nos llamaba a nuestra derecha: pudimos contemplar la
ausencia como algo palpable en una plaza completamente inmóvil, oxidada y
muda que sobrevivía en aquel desierto amaneciendo.
¿Qué política o ley económica podría devolver a los niños a aquella plaza?
El
libro puente es una idea que solo puede tomar forma gracias a los
niños: son ellos los protagonistas, los actores, los artistas. A través
de los distintos libros que fueron tomando vida hemos comprobado que los
niños en seguida recrean allí su propio lenguaje, un lenguaje fresco,
vital, que se mantiene allí en un estado puro, paralelo al mundo adulto.
El libro puente busca retratar ese universo… pero aquí, también ha
sentido la necesidad de ilustrar su ausencia.